martes, 24 de marzo de 2009

Las rutas ibéricas de Mariano Olivar González


A Mariano Olivar se le conoció dentro del Gúlmont con el apodo de El Felino. No hace falta explicar las razones, que serán evidentes para quienes le recuerden. Alguien se refirió a él un día con ese apelativo y todos entendimos de quién hablaba. Era como un león modesto cuyos andares y su forma de adaptarse al terreno daban la impresión de que era una parte inseparable del paisaje de aquél entorno al que los demás accedíamos difícilmente, ya fuera un llano inacabable o un monte áspero, y del cual era imposible que se desprendiera, clavado siempre a cuatro garras, por más que la tierra entera se hubiese vuelto del revés. Físicamente, la estampa de Mariano daba confianza. Aunque de estatura no muy excedida, la ancha constitución ósea y muscular daba el crédito debido a sus pasos y a la necesaria resistencia que requerían aquellas interminables y tenaces secuencias de las rutas. Porque Mariano estuvo en la primera fila cuando Santiago Pérez Gago inventó aquello de “descubrir España” (geográfica y humanamente) quemando las suelas de las botas.


Pero por dentro de aquella apariencia maciza vivía un poeta bajado de la montaña asturiana, que según quienes lo habían conocido pocos meses antes que yo, se vino a Córdoba con notables dificultades para hablar en castellano. Pero sabía escribir, y aprendió a vocalizar en el enrevesado idioma cervantino, y acabó dándonos sopas con honda idiomática a todos, sin tener, por ello, que olvidarse del bable. Las crónicas de las salidas del Gúlmont en las que participó, son un ejemplo del buen trabajo que se puede hacer cuando el medio en el que uno se mueve, interesa realmente. Y el Gúlmont nos interesaba.

En la Semana Santa de 1961, diez esforzados andarines fueron de Córdoba a Sevilla a pie. Fue la primera actividad notable del grupo, aún sin nombre. Muchos de ellos le tomaron gusto a lo de conocer el mundo “haciendo camino al andar” y la idea empezó a organizarse. Aquella memorable marcha de Córdoba a Sevilla inició el pormenorizado cosido de las pieles de la península ibérica que el Gúlmont anduvo, paso a paso, y que Gago protagonizó a lo largo de varios años, con Olivar por compañero habitual.


Ya con el nombre de Gúlmont, del 1 al 25 julio de 1961, se hizo el recorrido a pie desde Córdoba a Sama de Langreo. Fue la “Ruta de la reconquista”, desde las flores de Linares a los riscos de Covadonga. Sus realizadores fueron los Ri-Ma-Sa (Ricardo Veroz, Mariano Olivar y Santiago Pérez Gago), que habrían de llevar a cabo, juntos, otras muchas.
Mariano, por correo-e, me puntualiza: "La ‘Ruta de la Reconquista' - para mi era de la ‘Conquista', de sur a norte, como los moros- fue del 1 al 23 de julio, día de mi cumpleaños, por eso mi madre ya nos había visto en sueños la noche anterior, tal como llegamos. Veroz se quedó en Ávila con los pies en llagas, por eso Rodolfo se unió a nosotros hasta el final. Me dejé una muela por el camino, no me acuerdo en que parte de León, pero gracias a un buen coñaq, o aguardiente, regado a leche de cabra, continuamos viaje."



También los Ri-Ma-Sa realizaban la Ruta del Quijote, en el verano del 62. No tengo datos de ella.

En el verano de 1963, Santiago y dos compañeros realizaron su Ruta del Cid por las tierras del poema, desde Valencia hasta Burgos. (La hoja informativa de 1º de octubre de 1963, sólo habla del P. Gago; En el nº 2 del boletín, de diciembre del 63, se citan a RUTA = Sambad Ramos, DEL = Castro Hermida y CID = Gago). Pero esta merece hoja aparte, que se hará.


El 4/01/1964, Mariano escribe a P3, en Terrassa, desde Luanco, para anunciarle que irá a trabajar a Barcelona y promete “una visita de cortesía” a P3 y a José Ignacio Fernández, que está en la Universidad Laboral de Tarragona. Otra carta a P3, la escribe el 6 de febrero desde Gavà (Barcelona), donde ya trabaja en la empresa Cerdans, de construcciones metálicas. Unos días después nos encontramos los tres en Tarragona y desde entonces, yo ya no volví a verle hasta el año 2006.

La marcha estival programada por Gago para 1964, fue la “Ruta a las Fuentes de España”, Ebro arriba, hasta los Tres Mares. Pasaron por Burgos; yo estaba ausente y les recibió mi hermano Joaquín, que les hizo una corta filmación a la salida de casa y en la estación del FC. Los “Rimasa menos uno” (Mariano había entrado en quintas) salieron de Miranda de Ebro el 1º de Julio.



El 6 de julio estaban en Villarcayo



(postal: “Desde estos telares de campaña, chorizo y otras hierbas; desde estos planos castellanos, a esos telares de paños y a esos Plana catalanes, te mandamos mazapanes; a tu hermano el muy tirano, que le peguen en … Los RIMASA-1”);



el 16 en Cervera de Pisuerga




(postal: “Joaquín, calavera: desde esta infame Cervera, te escriben por vez postrera quienes tienen una panadera caminera. A tu hermano, el pollo pera, que le de una … El 20 estar a la espera, para comer la ternera en la casa ‘La Hechicera’. Los RIMASA-1”); y el 20 volvieron a Burgos, donde ya pude recibirles y se comió, la ternera.



Un pensamiento intranscendente intercalado: Desde la cumbre del Tres Mares, en la Pernía palentina y dando vista a las rías de Unquera y San Vicente por la vertiente cántabra, el esforzado ascensionista puede experimentar el gozo de mear en círculo, a sabiendas de que contribuye simultáneamente a engrosar los caudales de los ríos Pisuerga, Ebro y Nansa, por lo que participa en la alimentación de diversas faunas terrícolas y marinas, saliendo de ello beneficiados a la postre, los fletanes del Atlántico, las lubinas del Mediterráneo y los “andariques” roqueros del Cantábrico. En definitiva, es una ascensión que paga por tres largos viajes.




En el boletín nº 4 del Gúlmont, de octubre del 64, refiriéndose a la ruta hacia el Tres Mares, Gago escribe:
… por allí anduvimos los RI-MA-SA menos uno -unos treinta kilómetros diarios-
saludando gentes,
cortando barbas,
luchando con las gallinas,
guardando las retiradas;
cumpliendo con los ¡“civiles”!,
meciendo cabras,
-que el que no ordeña no cena
y el que no cena las palma-
y diciendo cada día
rezos a la madrugada.
¡Alto!, que terminamos en verso y eso es exclusivo de la familia de Plana, quienes saben de memoria la Venganza de D. Mendo tan bien como los deportes de profundidad.

Y queda aún lo que sigue y lo que precede, que es tanto o más, para otra hoja que habrá de venir.


Durante el mismo año 1964, Olivar, el Rimasa que faltaba, estaba saltando en paracaídas desde el cielo murciano de Alcantarilla y, pocos meses después participaba en sendas operaciones de la aviación militar, partiendo en avión de la base de Alcalá de Henares y saltando sobre el Pirineo en los alrededores de Jaca y del puerto de la Jonquera.














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Después de cuarenta y dos años de estar distanciados por la nube gris que separa las vidas, pero que no es capaz de borrar las vivencias, en el re-encuentro del Gúlmont del año 2006, Olivar me entregó un mapa peninsular a escala “uno, un millón” (1 cm. en el mapa representa 10 Km. en el terreno), publicado en 1964 por Firestone Hispania, e impreso en 1966. En él tenía marcadas, con trazos de diferentes colores, las rutas andando, en avión, en auto y en tren, que Mariano había realizado desde el arranque del Gúlmont, en 1960, hasta 1968, año en el que embarcó hacia el Brasil para nunca más volver, salvo en unos pocos y cortos viajes vacacionales.

Por un descuido mío imperdonable se extravió el mapa, en la casa rural de El Rivero de Posadas (Córdoba) donde nos habíamos encontrado, pero él lo recuperó y me lo ha mandado en un correo certificado, cuyo viaje, atravesando el “charco”, ha durado veintiséis días. Ahora trato de exponer en este “blog”, un resumen de la información que Mariano plasmó en las rayas que atraviesan esta enorme hoja de papel de color veterano, tazada y recompuesta, y que habrá que presentar en varias partes. La información literal que se acompañará habrá de ser escasa, pues como él me dijo descorazonado, los apuntes de sus salidas se habían quedado en su casa natal asturiana y cuando volvió, al cabo de muchos años, ya no encontró nada. Y la memoria, por sí sola, suele ayudar poco a la historia, sobre todo cuando uno ha estado casi toda la vida alejado de los escenarios de su mocedad. “Me alegra que el mapa esté seguro. Lo difícil va a ser que me acuerde de esas rutas. Salí de España con tan mala leche, que durante años hice un tremendo esfuerzo en olvidarme de todo y de todos. Pero intentaré ayudarnos en ese redescubrimiento. Poco a poco”.

En definitiva, las trazas de un mapa son siempre el rastro de un andar colectivo, hombro con hombro y paso tras paso, que colectivamente se puede recomponer.




Dice un proverbio del Congo: “Los amigos que caminan juntos no se olvidan” (de Juan Cruz, “Y, sin embargo, amigos” en El País Semanal de 15 de marzo de 2009).












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