miércoles, 10 de octubre de 2012

1962.- Operación "Claustrofobia y Pulmonías"
II - Carranza


0. Entrada
I. Ramales
II. Carranza
III. Sotoscueva


II.- Valle de Carranza (Vizcaya)
Hora
Notas
Imágenes



Día 15 de agosto de 1962, miércoles.
11,00 h.
Nos levantamos.
Fuimos a lavarnos al río. Yo empecé por bañarme, mientras J.I. deshacía el campamento y preparaba los macutos.
Nos afeitamos ambos, teniendo yo que intervenir como facultativo, botiquín en mano, para arreglar el estado de la cara de J.I. tras su rasurado. [Nos preparábamos para nuestra inminente presentación en sociedad.]
Se llenó la cantimplora, desayunamos y, después de acabar de completar el equipaje, nos despedimos del lugar para marcharnos de Ramales.
Pasando por el pueblo, entramos en una tienda para comprar postales y poder escribir a casa para dar alguna señal de vida. Con sorpresa nuestra nos dijeron que las vendían todos los días, "menos hoy y los domingos". Nos quedamos un tanto turbados, pensando que eso debían decirlo habitualmente, al escasear el género.
Continuamos por la carretera, hasta la Estación de Gibaja, a tres km de Ramales.
13,00 h
Vimos en el horario que no había tren hasta las 14'30, por lo que, pacientemente nos sentamos en la sala de espera para comentar nuestros hechos y ponerlos por escrito en el diario. Mientras tanto, desfilaron ante nosotros todos los miembros de la familia del Jefe de estación, que vivía en el piso, sobre la sala. Es digno de notar que el susodicho debía poseer carnet de familia numerosa.

14,41 h.
Once minutos después de la hora indicada, el tren valiente de vía estrecha salió veloz para llevarnos a nuestro nuevo destino:
Carranza (Vizcaya).
Llegados que fuimos y puesto el pie en suelo firme, nos orientamos y tomamos la carretera de Concha, para pasar después a la de San Esteban. A medio camino paramos para comer un bocadillo y allí nos encontramos con algunos amigos de J.I. y con su hermano Rafa, el cual nos acompañó hasta Concha.
Por él nos enteramos de que era el día de la Asunción y festivo, con lo que se nos aclaró el por qué de todo el "fandango" encontrado a nuestro paso, y el motivo de que, en Ramales, no nos vendieran postales.
Llegamos a San Esteban y después de preguntarnos que si solo veníamos a llenar la tripa [no respondimos abiertamente], nos presentaron al regimiento de la familia (primos, primas, tíos, cuñados, suegros, suegra y demás menudencias) que durante nuestra ausencia habían afluído al pueblo para festejar a San Roque.
A nosotros enseguida empezaron las tías a embutirnos el pienso para que nos cebáramos bien, y fuéramos abandonando los "síntomas de desnutrición" que habíamos cogido con nuestra pasada dieta de Avecrem y galletas María.
Con una segunda merienda encima para digerir, nos fuimos a dar una vuelta por el pueblo y alrededores.
Ya de noche, después de una "frugal" cena, nos subieron al 'sobrau' donde, con colchonetas y paja sacada de un hermoso montón, nos prepararon una cama que de haberla encontrado en las noches anteriores, hubiéramos dormido como pachás.
[Del Valle de Carranza sabíamos perfectamente que tenía abundantes cuevas de importancia. Nos habían hablado de las Peñas de Ranero y la Torca del Carlista. Pero éramos conscientes de que no íbamos pertrechados técnicamente para enfrentarnos con grandes verticales y además, los tíos de José Ignacio se apresuraron a quitarnos las malas ideas de la cabeza, en cuanto lo mencionamos.
Las primas Emilia y Chave acabaron de poner su peso en la balanza del dilema. Así fue como asumimos la realidad y aceptamos aprovechar nuestra estancia en Concha, que coincidía con las Fiestas de San Roque.]
Día 16 de agosto, jueves (San Roque).
8,00 h.
Fuimos a misa. Después salimos a dar una vuelta.
En la plaza estaban montando los toldos, las mesas, el tablado de los músicos, etc.
Conocí a algunas de las mozas del pueblo y foráneas.

[De pie: Rafa, José Ignacio, las gemelas; sentados: Tomás o Andrés, Emilia, Chave (con una niña en brazos) y posiblemente, Nieves.]
Más tarde, cuando ya el vino había empezado a correr entre los "aficionados", y yo había paseado la máquina colgada de mi hombro tratando de captar alguna estampa típica, un buen mozo acompañante nuestro, que Julián se llamaba, y que al principio solo nos decía cada dos o tres minutos "--Amus a tomar un blancu-", cambió inexplicablemente de disco y comenzó a decirme que le tenía que sacar una foto a él solo, que si no, me "ahogaba en un árbol", y acompañando la acción a la palabra entre irregulares eses, me puso la mano izquierda encima del hombro, mientras con la diestra me magullaba la nuez del cuello con "suaves y delicados" movimientos exprimentes muy elocuentes.
[Me pareció, entonces, un derroche de película, dedicarle a semejante fantoche un solo disparo, y simulé hacérsela. Hoy pienso que perdí una fugaz oportunidad de haber obtenido un documento etnográfico de valor.]
15,00 h.
A eso de las tres, comimos. La jala fue opípara y variada. Salvando la diferencia de calidad de los manjares, quedamos satisfechos como troglobios en un montón de guano.
17,00 h.
Ya eran las cinco cuando nos fuimos a la plaza para inaugurar el cachondeo. Después de que los músicos hubieran afinado sus instrumentos, los mozos escogidos del pueblo y la cuadrilla que había venido del pueblo rival más próximo, comenzaron sus preparativos para el torneo, cosa que se desarrolló con un gran derroche de urbanidad y civismo por parte de los concursantes, que en ningún momento se excedieron en la profusión de tacos y retacos.
Antes de iniciarse la "sokatira", nosotros habíamos ya empezado a animar la fiesta en un prado colindante con la plaza, con notable espectación del pueblo [control familiar, más bien].
Tomás, Andrés, Rafa, José Ignacio y yo, con las mozas escogidas (la flor y nata de la lozanía y frescura gamberril): Nieves, la Rubia, la Larga y la Otra.
Echamos cantadas, galopadas, sentadas y hasta jugamos al corro y a la zapatilla.
Después de la "sokatira" aparecieron de nuevo los músicos y empezó el baile.
Chave, la prima menor de J.I., bailó conmigo, dándome las elementales nociones; después fue Emilia, la prima mayor quien siguió con la instrucción. Continuamos bailando con ellas y otras, sin descansar más que para tomar una cerveza a media tarde.
Después de la cena se reanudó la verbena, que duró hasta las dos de la madrugada.
26,00 h.
Una vez en casa, y estando acostados todos los demás [?], Chave y Emilia comenzaron a tramar una fuga, comunicándonos seguidamente su plan. Salimos al balcón para descolgarnos desde él, pero debido a que un informador externo (Tomás o Andrés) nos dijo que la verbena había ya finalizado, decidimos quedarnos allí, sin saltar al exterior. Comenzamos a charlar. Chave decidió irse a la cama pronto.
28,45 h.
El frío y la caída de párpados me hicieron sucumbir y decidí, también yo, irme a la cama ('sobrau').
Día 17 de agosto, viernes.
7,50 h.
Entre dos luces del joven día y las legañas propias, ví a los pies de mi camastro dos siluetas, de las que escuché un cuchicheo. Miré el reloj. Eran cerca de las ocho.

Riendo, Emilia hizo la presentación: Ella y José Ignacio habían estado hasta entonces de parloteo en el balcón, habiendo presenciado, naturalmente, la salida del sol.
Me levanté, y después de desayunar, J.I. y yo salimos de caza con el tío Quico.
Estuvimos toda la mañana dando vueltas por el monte y tomando el sol sin "teja" que nos cubriera.
J.I. y yo hacíamos de 'voceadores', apaleando la maleza ante la cual se había apostado el escopetero. Cayeron un gavilán (tomado por paloma) [¡¿otros tiempos?!] y cinco tordos. Después de pegar nosotros un par de tiros 'para desfogarnos', volvimos para el pueblo.
18,00 h.
Por la tarde comenzó de nuevo el baile y, aunque bailé poco, lo hice con parejas notables entre la concurrencia (Nieves, la hermana mayor de las mellizas, y otras dos).
Yendo acompañado por Nichu, amigo de J.I. natural del país, recibí por tres veces calabazas [?].
Después de cenar tuvimos que volver pronto a casa, después de bailar una o dos veces.
Día 18 de agosto, sábado.
Por la tarde, J.I. y yo nos fuimos a un verde prado, a la sombra de un manzano, para poner un poco al día nuestro diario.
Día 19 de agosto, domingo.
11,00 h.
Fuimos a misa; creo que a la de 11.
A partir de la comida estuvo nublado y con bochorno. Después se enrareció más el día.
Fuimos al cine con Emilia, Rafa, Tomás y Andrés. Allí nos encontramos con Emilio. Chave estuvo castigada en casa por algún "delito" de los acostumbrados. Al salir del cine nos quedamos en Concha para el baile, donde Chave se reunió furtivamente con nosotros.
El baile acabó para nosotros antes de empezar, como quien dice, porque nos hicieron subir a cenar pronto, porque después había "comedias" que eran "dignas de verse".
Vistas y terminadas, salimos nuevamente para San Esteban.


0. Entrada
I. Ramales
II. Carranza
III. Sotoscueva

1962.- Operación "Claustrofobia y Pulmonías"
I - Ramales


0. Entrada
I. Ramales
II. Carranza
III. Sotoscueva


I.- Ramales de la Victoria (Cantabria)
Hora
Notas
Imágenes



Día 10 de agosto de 1962
 
12,00 h.
Salgo de Burgos con mis padres, en su coche.
En Villarcayo no encontramos a José Ignacio, por lo que reemprendemos la marcha hacia Carranza, a donde llegamos ya anochecido.
 
Después de las presentaciones, conversaciones y demás (incluída la cena) decidimos que nos lleven a los dos en el coche hasta Ramales de la Victoria, emplazamiento de la renombrada cueva Cullalvera.
23,30 h.
Acampamos, para pasar la noche, en dicha localidad, bajo un puente de la carrertera, donde hay un excelente prado.
 
Día 11 de agosto, sábado.
8,00 h.
Nos levantamos. Mis padres y Adolfo (mi hermano menor) se van, en el coche, hacia Laredo.
Nosotros desayunamos y después de recoger el campamento nos calzamos los macutos y por la carretera, nos dirigimos hacia la entrada de Cullavera.
 
Por el camino nos cruzamos con una plaga de "espeleólogos" del campamento de la OJE, que se dirigen al mismo lugar.
Estos, después de unos cuantos preparativos en la boca del "agujero" (regulación de los candiles, enumeración, colocación de los cascos, etc.) van entrando en fila india, hacia el interior.
Nosotros colocamos los bártulos indispensables en la bolsa de deportes y dejamos los macutos camuflados en una casa cercana.
La cueva CULLALVERA
12,00 h.
Entramos en la cueva
Después de la primera impresión, anduvimos por el fondo de la inmensa gruta por donde parecía estar el camino de paso normal, a pesar de lo cual tuvimos que subir y bajar por grandes bloques de piedra y desniveles muy inclinados; parte del piso era arcilloso y enseguida se notó el aumento de peso en las botas.
Recorrimos quizá dos kilómetros de la galería principal, parándonos en varias ocasiones para hacer fotografías.
[Disponíamos de una cámara Zeiss Ikon de película de formato 6x6, con un magnífico objetivo Tessar (conocido entre el gremio de la fotografía como "ojo de águila"). Pero no contaba con contacto para el flash, de modo que éste se disparaba manualmente. Los "logros" de las imágenes lo dicen casi todo. A la hora de programar las partidas económicas, habíamos destinado lo necesario para llevar una caja de diez bombillas de flash, que lógicamente se dosificaron. Otras fotos fueron hechas a la luz de los carburos.]
14,30 h.
Casi al final de nuestro recorrido, nos cruzamos nuevamente con la procesión de "espeleólogos" que, ya finalizado su trabajo, volvían al exterior.
15,00 h.
Damos media vuelta.
16,00 h.
Llegamos al exterior.
Comimos y plantamos la tienda cerca de la entrada.
20,00 h.
Vamos al pueblo para comprar comestibles. En una tienda compramos salchichón de perro, cortado con el cuchillo de cortar cuerdas y jabón.
Volvemos a nuestro campamento casi de noche y "caemos" más o menos roques a segunda vista.
Día 12 de agosto, domingo.
9,00 h.
Nos levantamos .
Comenzamos los preparativos para hacer una "sopa" para desayunar caliente. En plena preparación recibimos una visita con "advertencia" de los dueños del terreno, los cuales alegan que si se consienten "tales desmanes" por parte de los excursionistas (esos debemos ser también nosotros) aquello se convertiría, a poco tardar, en un "camping municipal". Desmantelamos el campamento.
11,00 h.
La "sopa" se encuentra lista y a punto para beberse.
12,30 h.
Después de desayunar, camuflamos nuestro equipaje tras unas matas y nos fuimos al pueblo a misa, encontrándonos con que la última había sido a las 11 h. Compramos pan y, de vuelta a la cueva hicimos unos bocadillos.
14,00 h.
Con el material necesario en uno de los macutos, nos internamos, dejando en el exterior el otro camuflado.
Cueva CULLALVERA (segunda internada)
 
Como el domingo los del campamento de la OJE no evolucionan, somos los únicos espeleólogos que estamos en el interior de la cueva.
En 35 minutos nos presentamos en el punto final de la incursión de ayer.
Tenemos que pasar por una orilla muy reducida y completamente pegados a la pared para cruzar un lago que llena un espacio de unos 30 m de longitud y de unos seis metros de ancho, en un paso obligado.
Pasamos a un ramal de la izquierda en el que permanecemos cuatro horas, primero subiendo por una embarrada pendiente de cerca de 45º de inclinación. Una vez arriba, bajando por una estrecha diaclasa que comunica con un sub-ramal por el que salimos al punto de partida, en una sala con un bosque de estalactitas, en la que hacemos las dos únicas fotos de la jornada.
18,30 h.
Comemos.
Continuamos por la galería principal como medio km más, hasta una gran bóveda de la que no se ven el techo ni la pared frontal. Nos internamos por un pequeño ramal que queda frente a la desembocadura de la galería, dejando a la izquierda la gran bóveda. Subimos por un túnel de colada estalagmítica escalonada, donde dejamos el macuto a la vista de una indicación:
 
Seguimos subiendo unos 20 m hasta una pendiente formada por grandes bloques de carbón, por los que es necesario escalar. Esta pendiente es el fondo de la continuación de una gran bóveda, probablemente la misma que hemos dejado a la izquierda.
En la subida tenemos que orientarnos repetidas veces, para no desviarnos de la ruta durante la posterior bajada. Nos fijamos en una gran franja blanca [una bandera estalactítica ?] que, en el techo y orientada de Este a Oeste, nos señala hacia el túnel de la salida.
En la ascensión, a menos de 20 m del techo, empecé a sentir claustrofobia [quizá no fuera más que una simple 'pájara', consecuencia de la falta de un buen bocata] y a la vista de una nueva serie de bloques para escalar, decidí quedarme donde estaba. José Ignacio, con su espíritu de conquistador inquebrantable, quiso seguir y escaló lo que se alzaba ante mi vista.
 
Pasaron diez minutos sin que le oyera y sin que contestara a mis tres llamadas de silbato. Por fin, a la cuarta, le oí que me respondía con el suyo.
Tuvimos que intercambiar varios toques y gritos para que se pudiera orientar y llegara a encontrar la vía de descenso.
Una vez juntos, descendimos al lugar donde teníamos el macuto. Llenamos de carburo el candil y cambiamos de pila la linterna de José Ignacio, los cuales habían empezado a agotarse arriba. Emprendimos el regreso.
 
21,45 h.
Cenamos, una vez cruzado el lago. Continuamos el regreso.
23,30 h.
Vemos el triángulo azulado de la salida.
Buscamos el otro macuto (que no se había movido de su sitio) y buscamos un lugar cercano y a la vez lejos de la vista de los dueños del terreno, para acampar, ya que no teníamos tiempo de irnos hasta el río.
Por fin, en un pequeño prado situado en una pendiente rodeada de arbustos, plantamos nuestra tienda y yo caí roque, mientras J.I. daba trabajo a su "entumecido" estómago.
 
1970. Félix Alabart
Fotos de la cueva Cullalvera
Día 13 de agosto, lunes.
8,30 h.
Empezaron a pasar por el camino de la cueva, unos carros de bueyes que sacaban troncos almacenados en su interior, para el secado. Los que los conducían (los dueños del terreno) nos vieron, naturalmente [Aquel supuesto acecho nos empezaba a obsesionar]. Con el ruído nos habíamos despertado y cuando desaparecieron de nuestra vista, salimos de la tienda y desarmamos el campamento lo más rápidamente posible.
Cuando ya nos íbamos, al pasar frente a una casa, nos encontramos con varios de los amos, reunidos en el corral, con lo que, sorprendidos, no tuvimos más remedio que pedirles disculpas por haber acampado nuevamente, a pesar de su aviso.
Estuvimos hablando un rato y quedaron conformes.
[Dedujimos que su manifiesto 'mosqueo' podría deberse, más que a nuestra esporádica presencia, al contínuo tránsito de las 'tropas' del campamento de la OJE que supondrían, para los lugareños, las molestias de un pequeño ejército de ocupación.]
10,30 h.
Fuimos hacia el pueblo y en la fuente pública paramos, dejamos los macutos, nos lavamos, desayunamos y yo me fui al 'centro' a comprar provisiones.
Cargamos de nuevo, nos informamos acerca del emplazamiento de las demás cuevas, mediante un paisano que vimos dentro de un cercado y, como el camino indicado iba por el lugar en el que habíamos acampado la primera noche, paramos bajo el puente, donde los sofocos del calor del breve camino andado, hallaron frescor y calma agradecidos.
14,30 h.
Comimos a la sombra del puente, sobre las piedras del seco lecho del río. Desde allí vimos a una lejana hilera de espeleólogos del campamento, que bajaban de la montaña que teníamos a nuestras espaldas.
16,00 h.
Después de camuflar los bártulos bajo unas matas, nos ataviamos de espeleólogos y siguiendo el lecho del río, lo remontamos con intención de llegar a las cuevas. Después de sudar un rato por entre los bloques, cada vez mayores, que formaban el lecho, nos dimos cuenta de que sería necesario escalar para llegar a las aberturas que se veían en la pared rocosa que se alzaba a la izquierda, cosa que J.I. comenzó a hacer sin pensarlo dos veces. Una vez arriba me llamó, para que subiera yo por el lugar que lo había hecho él. Una vez escalado el tramo casi vertical, hubo que subir una pendiente de hierba y piedras para llegar a un muro artificial vertical, que se veía a cien metros. Allí bebimos de la cantimplora y continuamos subiendo hasta llegar a una carretera que, arrancando de la principal, iba para las cuevas.
La cueva del Higo Maduro (Covalanas)
Seguimos subiendo hacia una gran caverna que se veía, apartada de la carretera. Una vez allí dimos un breve vistazo y salimos al exterior para no coger una pulmonía triple, a causa de la frescura reinante en el interior.
Fuera, en una higuera con cientos de higos raquíticos y verdes, vi uno grande, maduro y hermosote que rápidamente pasó a nuestro coleto.
Después de echar un vistazo a las entradas de las demás cuevas, cerradas por el asunto de sacar la pesetilla al visitante, sintiéndonos frustrados, emprendimos el descenso por un cómodo camino que nos condujo hasta nuestra misma mansión. Descamuflamos, acampamos y comimos rápidamente.
21,30 h.
Mientras cenábamos, me acordé de que aquél era el día de mi cumpleaños (18). No celebramos nada y fuimos pronto a dormir.
Día 14 de agosto, martes.
5,00 h.
Me desperté. La tienda estaba floja y se oían ruídos en el exterior. Parecía que alguien se había acercado a la tienda y andaba con precaución. Moví a J.I. en silencio para llamarle y los dos escuchamos de nuevo los pasos. Nos decidimos y salimos con la linterna y el bastón en la mano. Estuvimos un rato plantados, con "toda la oreja" y la pupila puestos en funcionamiento. De vez en cuando se oían de nuevo los ruídos. De pronto, J.I. comenzó a apedrear la maleza, sin que por ello parecieran inmutarse los misteriosos emboscados, que mantenían su actitud.
[J. I. tenía la experiencia de haber pasado, en Madrid, por campamentos "provinciales" organizados quizá por los mismos que ahora teníamos allí cerca, como vecinos. Recordaba que una de las actividades de "adiestramiento", fuera de programa pero predilectas de algunos "mandos", consistía en las salidas nocturnas de "acecho y caza".]
6,10 h.
Así estuvimos más de una hora, hasta que dejaron de oírse completamente los ruídos. Ya amanecido, comenzamos a registrar los matorrales, viendo que los "individuos" se habían esfumado. Pensamos que se habrían ido por el camino. Así, dejamos de ocuparnos del asunto, y yo, con más sueño que un lirón me enrosqué de nuevo en la manta, mientras J.I. "pulimentaba" un robusto palo para las eventualidades que pudieran surgir en lo venidero.
11,30 h.
Me desperté. Vi que J.I. también se había enroscado. Nos levantamos, nos bañamos en el río para recomponer las greñas y mientras J.I. encendía fuego para hacer una sopa para el desayuno, yo me fui al pueblo a comprar provisiones. [Es conveniente remarcar, para quienes no se hagan idea de lo que las técnicas de cualquier índole han avanzado desde aquellos días a los de hoy, que para calentar el cazo del agua, nos habíamos ingeniado algo parecido a un "fuego polinésico", consistente en la excavación de una pequeña zanja de medio metro de larga, quince centímetros de ancha y unos veinte de profundidad, en el borde de un talud de tierra. En su interior procurábamos encender la leña que podíamos recoger en el entorno, que generalmente estaba bastante húmeda y, cuando llegaba a arder y a calentar el cazo, debíamos anteponer nuestros cuerpos en la posición correcta para que el aire se dirigiera adecuadamente por la zanja para avivar la lumbre, sin llegar a apagarla. El proceso solía llevar bastante tiempo. Años más tarde dispusimos ya de un "Camping-Gaz".]
14,30 h.
Ya se encontraba la sopa en condiciones de ser ingerida, por lo que alargamos un poco el desayuno que se convirtió en comida.
Levantamos el campamento, camuflamos los macutos y con los bocadillos preparados y el material de escalada en la bolsa de deportes, nos encaminamos hacia la gran mole que se alzaba a nuestro frente, dispuestos a coronar el picacho.
Pico de San Vicente, en la Sierra del Hornijo.
17,00 h.
Partimos. Comenzamos a remontar, ascendiendo por prados cada vez más inclinados y viéndonos forzados a saltar vallas con sus buenos espinos. Bien sudados llegamos a una pendiente de cascotes y grava [canchal] y más adelante al pie de la mole rocosa. [Elegimos una vía por la arista Nor-Este, a la derecha de las fotos, que no era la más fácil, pero sí la más corta.]
Comenzamos la ascensión, que iba siendo fácil, pero en la que era imprescindible el uso de las manos (2º grado). La escalada en la roca se veía alternada con subidas de pendientes de hierba de unos 80º, por las que los dedos se nos aferraban endiabladamente en los manojos de hierba que constituían los únicos puntos de fijación.
20,00 h.
Después de algunos pasos difíciles, sin que en ellos se rebasara en mucho el 2º grado, y después de sudar algunos ratos más, llegamos a la cima..
Después de tragar un poco de agua, [dar dos vueltas de horizonte visuales] y de hacer las correspondientes fotografías, iniciamos el descenso, temiendo mucho que la noche nos sorprendiera en la mitad de la ladera.
Bajamos una parte de piedra fácil, de escasa inclinación. Pensábamos que por la parte en que íbamos sería igual toda la ladera, pero vimos que tendríamos que bajar una pendiente de hierba como las que habíamos encontrado para subir. Con precaución nos dejamos deslizar por el resbaladizo elemento como si esquiáramos, utilizando las manos como freno. Así descendimos un buen rato, más o menos bién, aunque las manos se nos cansaban mucho de agarrar los manojos en los que nos aferrábamos. Llegamos, por fin, a un tramo de roca vertical, en donde tuvimos que emplear pies, manos y hasta rodillas.
Nos deslizamos nuevamente sobre pendientes de hierba y llegamos a los canchales de fragmentos menudos, por los que la práctica del esquí, aunque podía hacerse, hubiera menoscabado la integridad de los fondillos de los pantalones. Llegamos después a una pendiente de piedras mayores, donde esquiar ya no era posible. Allí, cansado y hecho una 'ful', propuse que parásemos para merendar.
21,45 h.
Con hambre, pero con pocas ganas, comimos, terminando media hora más tarde.
22,15 h.
Reemprendimos el descenso y al poco rato llegamos a la falda de la montaña, donde comenzaban los prados, los cuales, aunque muy inclinados, eran la gloria en comparación con lo abrupto de la montaña por la que nos habíamos movido. Completamente de noche, tuvimos que saltar tapias y alambradas, pincharnos y ortigarnos reiteradas veces, cruzar campos de maíz. Todo ello orientándonos a la débil luz de la luna. Llegamos por fin a la orilla del río, después de pasar por una casa con un minúsculo perro guardián que no dejó de ladrarnos hasta estar bien alejados de él. Anduvimos hasta la fuente, y allí abrevamos como camellos en un oasis.
24,00 h.
Ya en nuestro cubil, levantamos la tienda arrastrándonos por el suelo. Cenamos y sin levantarnos para nada más, nos quedamos como tarugos.
Pero, antes de caer, oímos nuevamente ruidos en la maleza y al asomarnos, nos dimos cuenta de que los supuestos gamberros de la noche anterior se ocultaban bajo una mata capaz de albergar, tan solo, a un conejo, rata o musaraña cachondos. Así, percatados de la naturaleza posible de aquello que nos había mantenido en guardia durante bastantes horas, nos metimos en la tienda, un poco contrariados, pero tranquilos y alegres por la nota cómica del asunto.



Nota sobre la espeleometría de la cueva de Cullalvera (Santander).
Autores:
Joaquín Montoriol Pous,
Oscar Andrés Bellet y
José Mª Thomas Casajuana

Publicado en:
GEO y BIO KARST
Nº 23.
Diciembre 1969.
Págs.: 277 a 279.
Barcelona.
Acceso al artículo, con el plano detallado de la Cueva.

0. Entrada
I. Ramales
II. Carranza
III. Sotoscueva

domingo, 7 de octubre de 2012

1962.- Operación "Claustrofobia y Pulmonías"

1962 Op CyP Diarios CO 00
1962. Operación "Claustrofobia y Pulmonías".

Hace 50 años. Teníamos dieciocho.

Desde Córdoba, antes de finalizar el curso, ya teníamos programada la campaña veraniega: Explorar las cuevas de Ojo Guareña, que aún desconocíamos, pero de las que estábamos bien documentados a través de la prensa. Cuatro años antes, en 1958, se había celebrado la "Operación O.G.", que se sub-tituló como "la mayor aventura subterránea del Mundo". Y nosotros habíamos seguido diariamente las evoluciones de los espeleólogos, devorando las notas de los periódicos y entresacando los párrafos que habrían de orientar nuestros futuros pasos.

José Ignacio pasaba las vacaciones con sus tíos en Carranza, tierra vizcaína muy cercana a Ramales, en la provincia de Santander, nombre que recibía entonces Cantabria, y a unos cincuenta kilómetros al norte de Ojo Guareña. En los vértices de ese triángulo se extendían sendos paraísos subterráneos, de modo que habíamos planeado un itinerario que debería cubrir las tres zonas. Teníamos una tienda y dos mochilas del Gulmont, muy poco dinero y mucho verano por delante.

En nuestras primeras exploraciones de envergadura hubo ocasiones de experimentar el agobio de la soledad subterránea y momentos de cansancio, frío y alimentación escasa, pero todo ello solo nos pesó para que, al final, fuera la denominación anecdótica de aquella operación de la que aprendimos y que nos fue abriendo nuevos territorios.


Del 10 al 24 de agosto de 1962.
Primera campaña espeleológica del GULMONT organizada fuera de la provincia de Córdoba.
Integrada por:
  • José Ignacio Fernández Martínez y
  • Pere Plana Panyart.
Se desarrolló en


0. Entrada
I. Ramales
II. Carranza
III. Sotoscueva




miércoles, 9 de noviembre de 2011

1966-67 Operación "Asturias", de espeleología.


Se irá haciendo en diferentes entregas, puesto que el material con el que se cuenta es abundante.

domingo, 23 de octubre de 2011

La Cueva del Fato ya ha aparecido



Casi todo salió bien en aquella salida.
Fue en los días ocho y nueve de diciembre de 1962, cuando realizamos lo que denominamos una "expedición espeleológica" a Santa María de Tras Sierra, con el objeto de localizar y explorar la Cueva del Fato. Debió de ser la última salida del año, porque enseguida llegarían los exámenes. Después de aquello y de las vacaciones de Navidad, debió de venir el descenso a la Sima de Cabra, a los dos meses y medio.
Para empezar, en la madrugada del día ocho, a las 5,30 nos habíamos levantado y colocado una "forrada indumentaria para privarnos del frío matinal". Al tratar de salir del colegio, para cumplir con la costumbre de aquella época y lugar, de oír misa en la capilla de la Comunidad, de la que algunos de sus miembros madrugaban más que nosotros de ordinario, nos encontramos con que, de noche, las puertas de nuestro reducto se cerraban con llave. No hubo más remedio que salir al exterior por una ventana.
Realizamos la memorable salida Ricardo Veroz, Rodolfo Fernández, Andrés P. Alcántara y este que suscribe y trata de enlazar aquellas inconclusas notas guardadas. Éramos cuatro casi habituales de aquella afición desviada de la montaña, que empezaba a ser ya, a los ojos de otros, una manía: buscar cuevas.
Un mes antes, los días 3 y 4 de noviembre, otro grupo del Gulmont había salido en plan de reconocimiento por el río Guadiato, en las inmediaciones de Tras Sierra, y había encontrado unas pequeñas cuevas, cercanas al lugar en el que, según indicaciones de gente de la localidad, debía hallarse la Cueva del Fato, de la que ya nos había hablado alguien. Con las noticias que nos llegaron sobre ella, nos habíamos hecho la idea de que se trataba de una cavidad importante.
Para esta última salida, habíamos preparado todo el material técnico del que disponíamos: un tramo de 10 metros de escalera de cable, una cuerda de 20 metros, una lámpara de carburo, dos linternas de pilas, martillo, clavijas, algunos mosquetones y otros accesorios.
Las inconexas notas del "diario" de la salida detallan paso a paso los pequeños acontecimientos, que pasaremos por alto. Baste indicar que poco después de las ocho y cuarto estábamos ya en Santa María de Tras Sierra y continuamos en dirección al río Guadiato, donde se abría un paisaje completamente diferente, encontrándonos con su maravilloso desfiladero. El Guadiato se abría paso entre paredes de roca, donde debía estar nuestro objetivo. "Llegamos a una pared donde parecía verse unos nidos de pajarraco, que resultaron ser cuevas de reducidas dimensiones que se internaban unos cinco metros, sin que, una vez dentro, perdiéramos la visión de la luz exterior. Pero tenían unas formaciones calcáreas muy curiosas".
"No nos dimos por satisfechos y con la intención de encontrar la tan cacareada Cueva del Fato, para cuya exploración habíamos traído los últimos adelantos de la técnica gulmonística, continuamos más adelante ...", "... encontramos a dos guardas que, tras recomendarnos que no hiciéramos fuego [(tachado en el original) y que nos largáramos a hacer mal a otra parte,] nos indicaron que fuéramos a acampar más arriba (al otro lado de la 'barca'), en donde había buen sitio". También nos dijeron que la Cueva del Fato eran los 'nidos' que habíamos visto. Fue toda una decepción. .
Encontramos un lugar excelente, "de acuerdo con todas las condiciones recomendadas en cualquier manual de camping (agua cercana, un ligero declive de suelo arenoso con hierba, posibilidad de encender fuego, ... )" y allí montamos las tiendas. "... nos enrollamos en nuestros abrigos nocturnos y a las ocho y media ya roncábamos, caída la noche y la escarcha iniciando su caída. A las tres de la madrugada el frío traspasó las paredes de pluma de nuestros sacos de dormir (y mantas) y como si nos hubieran pinchado nos despertamos casi al mismo tiempo los dos ocupantes de la tienda. Envidiamos a los que dormían en la otra, con doble techo y cuatro mantas, sin sospechar que, en ese mismo momento, ellos envidiaban nuestra privilegiada posesión de sacos de plumas. El resto de la noche transcurrió en un continuo tembleque de piernas y castañeteo de dientes".
"La salida del sol se hizo esperar, debido a que nos encontrábamos en lo hondo del valle, y las altas lomas que nos flanqueaban parecían querernos conservar entre la bruma, que no se despegaba de la superficie del tranquilo río y, el hielo, que en forma de escarcha dura nos había cubierto las tiendas". Una perezosa subida de la temperatura fundía lentamente el hielo y nos remojaba todos los toldos. Recogimos el campamento y "emigramos hacia otros lugares donde el sol tuviera su reino".
Cuando hallamos un prado acogedor, soleado "y con una fuente en primer término ... extendimos las tiendas empapadas y aún heladas sobre la hierba ... y con el ombligo al sol, empezamos a engullir una porción de queso de bola". Se nos pudo atragantar la comida "cuando, por la loma cercana vimos bajar en desbandada a toda una piara de cerdos que se dirigían a abrevar a la fuente. Tiempo justo tuvimos para tirar de las telas extendidas e impedir que la sedienta chusma de jamones nos arrollara a nosotros y a todos nuestros bártulos".
Después de esto ya, y sin esperar a no mejores acontecimientos, pusimos nuestros pies sobre la carretera e iniciamos el camino de vuelta.
---ooOoo---
En mi tierra de adopción hay muchos refranes y dichos, canciones y cuentos que se adaptan a todos los hechos y a cualquier circunstancia. Oí una vez un relato sobre las malas artes que el demonio pone en práctica para que se pierdan las almas de los justos. La contadora decía haber vivido un caso verídico de cuyos detalles no tengo memoria, en el que Lucifer había salido con su trasero rasgado por las zarzas en las que se había escondido taimadamente. Y el cuento terminaba así:
"Al diablo, la diabla

cosiole el culo con un mimbre.

La cosa no quedó curiosa, pero

tampoco quedó firme".
En aquella salida de los días 8 y 9 de diciembre de 1962, no hubo deseos taimados, que solo pretendíamos encontrar y explorar la Cueva del Fato. ¿Qué menos pueden querer unos espeleólogos en ciernes?. Pero la estación fría en la sierra de Córdoba se alió con nuestra mala pata y hasta con la fauna, para que nuestro objetivo no se cumpliera ni se retomara ya en otra ocasión, que no la hubo. Se nos enfrió el alma, no hallamos cueva, ni Fato, y ni siquiera el diario de la salida se llegó a concluir.
Hasta ahora.
Pero de otra cosa, además de la luz que nos brindó la salida del sol por la carretera de las Ermitas y el paisaje maravilloso del valle del Guadiato, queda el buen recuerdo, manifestado expresamente en las notas y en la foto que ilustra la frase, de "una opípara comida". Hay que apuntar que Andrés era el intendente del grupo y que, en aquella ocasión, se le había juntado Rodolfo para ir a las cocinas de la Laboral a hacer el acopio de víveres. Una de las monjitas que tenían a su cargo aquel negociado tenía una idea clara: "Quien se lía la manta a la cabeza y se echa al monte, tiene que ir bien comido".
La Cueva del Fato ya ha aparecido. Nos lo han contado los colegas del G40.
2011 0620 Minas y cuevas en Trassierra
2011 0915 Salida Cueva del Fato - G40
2011 0919 Se inicia la topografía de la Cueva del Fato - G40

Y yo he tenido que aprovechar la coyuntura para terminar la reseña.